Hay discos que con los años se olvidan completamente. Pero otros, regresan del olvido como si fueran fantasmas del pasado que nos recuerdan que siempre han estado ahí, solo que nosotros no nos hemos dado cuenta. No Prayer For The Dying salía un 1 de octubre de 1990 cuando La Doncella parece que agotaba sus mejores años como banda emblema de la NWOBHM. El octavo álbum de los de Harris nunca ha sido de mis preferidos, la banda se notaba cansada y sin ideas, tratando de sortear la marcha de Adrian Smith y la próxima salida de Bruce Dickinson volviendo a las raíces de su sonido. Iron Maiden se encontraba en una de las encrucijadas de su carrera. La misma que os propongo recordar hoy revisitando este No Prayer for the Dying: el disco olvidado de Iron Maiden...
1. Tailgunner (04:15)
Todas las bandas sufren algún bache en sus carreras. Es casi imposible mantener una trayectoria exitosa al máximo nivel de forma permanente durante los años. Iron Maiden nos había ofrecido desde 1980 siete discos inolvidables, tan rotundos, que se habían convertido en la banda sonora de nuestras vidas. Desde su disco homónimo, hasta el místico y literario Seventh Son of a Seventh Son, todos ellos habían pasado a ser monumentos incontestables del heavy metal. Pocas bandas hay tan grandiosas que puedan ofrecer una calidad discográfica del nivel de los de Harris. Pero, queridos amigos, la felicidad no es permanente, y la moneda es tan sensible que en cualquier momento cambia de cara. El mal siempre aparece y, aunque Iron Maiden se había ganado el prestigio y la fama para la eternidad, se plantaron en 1990 con La Doncella algo desgastada y con la chapa un poco abollada. El rigor de giras colosales recorriendo todo el planeta, la erosión de las relaciones personales y los egos inevitables entre músicos que se habían convertido en leyendas del heavy hizo que los creadores de The Number of the Beast se vieran en una tesitura que había sido inédita hasta la fecha.
| Iron Maiden en 1990 |
No está muy claro si Harris luchó a conciencia por que Smith se quedara, aunque parece ser que hubo intentonas muy serias por parte de él y del todopoderoso mánager Rod Smallwood de retenerlo, pero el destino estaba escrito y Harris, ante las dudas de Smith, acabó largándolo de la banda. Con su salida se abría un nuevo tiempo. Era la ocasión de probar a un viejo amigo de la banda y, sobretodo, de Dickinson. Mr. Janick Gers, un guitarrista con experiencia que había aprendido el oficio junto a Ian Gillan (de aquella, ex de Deep Purple), se calzaba los zapatos dejados por el creador de "Wasted Years" y se presentaba al reto de demostrar que con su guitarra colgada era un auténtico showman.
Tan solo cuatro canciones ("The Trooper", "Iron Maiden", "The Prisoner" y "Children of the Damned") fueron suficientes para convencer al viejo zorro Harris de que estaban ante el hombre correcto. Gers con su Fender Stratocaster poseía la madera suficiente para ser un miembro de Iron Maiden. Un guitarrista que estuvo a instantes de colgar la guitarra y de dejar para siempre el mundo de la música, casi a punto de vender todas sus guitarras y amplificadores, se le presentó ante él el billete de lotería de su vida. Lo que sería ahora el bote del Euromillones para cualquiera de nosotros. ¿Os imagináis que en 1989 os llamara Harris para decirnos que íbamos a entrar en una de las mejores bandas de heavy de todos los tiempos? Yo hubiera ido descalzo desde España si fuera necesario. No había mayor honor y privilegio para un heavy que poder entrar a formar parte de Iron Maiden.
Es una jugada muy típica de las bandas. Agarrarse a sus inicios. Al comienzo de la rueda. A ese sonido directo y más crudo, espontáneo, que te golpeaba en la cara nada más empezar a sonar. Sigo pensando que aquí Maiden hizo un paréntesis en su carrera. En mi opinión, "No hay oración para los condenados" fue un álbum de transición para tratar de salvar los muebles, sortear el bache y sopesar con calma su nueva orientación musical. Harris necesitaba tiempo para reconfigurar la nave de nuevo y estudiar la nueva estrategia para surfear los peligrosos nuevos 90.
Sin Smith en la banda y Dickinson planeando su marcha, no había capacidad para seguir evolucionando por lo que lo más inteligente fue hacer lo que hicieron. Yo hubiera hecho lo mismo, estoy convencido, solo que se equivocaron en una cosa: el sonido del disco y la producción. Harris que casi siempre toma las decisiones acertadas aquí se equivocó al grabar el disco en su granero. La idea inicial era hacer la composición y preproducción allí para después ir a grabarlo a Londres. Pero al final, cambió de planes y en sus ansias de conseguir un ambiente más familiar y menos sofisticado, donde todo fuera más artesano y natural, alejándose un poco de ese sonido supercargado y pomposo del Somewhere in Time y Seventh Son of a Seventh Son, todo se acabó cocinando sin salir de casa.
Es cierto que tras la mesa de control seguía estando el mago Martin Birch, su arquitecto en la ingeniería del sonido pero, contra todo pronóstico, por alguna razón, este No Prayer for the Dying sonaba lleno de ruido, emborronado y muy seco, en una de sus peores producciones que se le recuerdan. No sé si el estilo más agresivo del nuevo integrante tuvo que ver, pero esta nueva producción daba un volantazo muy brusco en comparación al sonido que habían sacado en sus últimos años, y, la sensación era la de estar ante un álbum descuidado y desganado, muy plano y como para cumplir, pero sin la sensación de la grandeza de una banda que venía de editar álbumes totalmente magistrales.
| Fotos videoclip Holy Smoke, 1990 |
Harris y sus chicos parecían unos moribundos a nivel de sonido. Una banda demasiado macarra que parecía volver a los tópicos del heavy. El videoclip de "Holy Smoke" no hacía más que corroborar que Iron Maiden ya no eran esos tipos mitológicos que cantaban canciones sobre epopeyas literarias, que nos habían hecho volar nuestra imaginación a través de leyendas y maldiciones, haciéndonos sentir como si fuéramos los mismísimos faraones, ahora eran tipos como tú o como yo, que salían con ropa de andar por casa y donde satirizaban y ridiculizaban la hipocresía de la iglesia romana, especialmente de sus telepredicadores, de una manera poco elegante (aunque muy merecida).
Harris nos había acostumbrado al caviar, a comer sobre cubertería de plata, a pasear entre salones de mármol, cubiertos con alfombras de oro y ahora nos había metido sin avisar en una especie de cobertizo donde veíamos a la banda de fin de semana, a unos heavies del playboy, con Dickinson subido a un árbol o Harris encima de un tractor, y a un grupo de fulanas metiendo mano a un Martin Birch (que culpa tendría él) dentro de un estudio. Todo era demasiado chabacano y vulgar. Si el genial bajista quería simplificarlo todo, había otras maneras, sin recurrir al estereotipo y cliché fácil.
Iron Maiden nos había devuelto a nuestra cruda realidad, la de ser unos pobres mortales, resignados a vivir una vida triste y aburrida. A nuestras rutinarias y mundanas vidas. Pero yo no quería volver a eso. Quería ser otra vez ese Ícaro que voló tan alto que el sol derritió sus alas de cera. Sentirme otra vez uno de los duelistas o un viajante del futuro. Ese marinero que llegó a las costas de Egipto y pudo contemplar sus pirámides. Nada de esos Maiden quedaba aquí y, aún por encima, sonando más cutre.
Durante años le eché la culpa a Martin Birch del resultado sonoro, pero, parece ser, que este hombre hizo lo que pudo en un sitio que no estaba preparado y no tenía la acústica necesaria. Viéndolo así, hasta puede parecer un milagro que el disco a pesar de todo tenga una producción decente. La obsesión de Harris de sonar como una banda grabando un concierto los desnudó de toda la pirotecnia sonora. Se despojaron de tantos efectos, capas y adornos, que Maiden se presentó ante nosotros demasiado a pelo, así de simples y así de básicos.
"Fates Warning" y "The Assasin", desprendían un poso de nostalgia y soledad, como una negritud siniestra que nunca te acababas de creer... "Hooks in You", la única composición que había dejado Smith, era de las pocas que parecía querer romper la monotonía y el aburrimiento, de ser un disco con el que querían agradar, pero no podían, lastrados por una falta de ideas, agotamiento artístico y un sonido demasiado áspero, que no los devolvía a su prehistoria musical aunque ellos quisieran venderlo como tal.
Si de algo sirvió este No Prayer for the Dying fue para aprender la lección. De que las cosas no se pueden hacer así. Si bien se comprende que la situación musical había cambiado y ya no se prestaba para las megaproducciones de antaño. Nada de eso justifica un disco que bajaba mucho el nivel a lo ofrecido hasta la fecha. De La Doncella yo siempre espero lo mejor, y aquí, el listón se había reducido unos cuantos centímetros.
No obstante, se agradece (yo por lo menos) su intención de presentarse más honestos y cercanos, en medio de una situación difícil que vivía la banda, unido a una mala planificación de un disco concebido en un tiempo convulso lleno de cambios, hizo que, para mi gusto, este octavo álbum quedara relegado a un posición discreta dentro de su discografía. Todavía hoy lo sigo viendo así, y lo siento por los que lo defienden, pero creo que con su siguiente trabajo, el más cuidado Fear of the Dark, se acercaron más a su producciones de los 80, y nos entregaron un álbum mejor producido, grabado y presentado. Sigo pensando que el Fear of the Dark, en su conjunto, tiene mejores temas, aparte de ser un disco mejor a todos los niveles. En cierta forma, su ave fénix, con un Gers más asentado y con una banda que ya se había resignado y acoplado a su nuevo integrante.
| Iron Maiden época No Prayer for the Dying |
No Prayer for the Dying cerraba su etapa más clásica y gloriosa, y lo hacía con un disco con más ruido que nueces, en un momento donde el heavy metal se encaminaba sin remedio a su travesía del desierto. Una época negra donde muchas bandas perecieron, pero la calidad de su discografía grabada a fuego en los corazones de sus fans, sostuvieron a la banda durante los siguientes años, dándole el aliento necesario a unos Maiden que en 1992 se presentaron ante nosotros con miedo a la oscuridad... Hasta la próxima, amigos.
6.5/10
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