Slayer durante 1994 parecía una banda muerta. Tom Araya, Kerry King y Jeff Hanneman estudiaban su siguiente paso con preocupación y dudas. Habían sido muy grandes en los 80, pero ahora su thrash metal morboso y furioso estaba en entredicho. Sin Dave Lombardo en sus filas, y con una espera de cuatro años tras su genial Seasons in the Abyss, no sabían cómo iban a recibir los fans a su nuevo miembro. Entre los despachos de su discográfica, American Recordings, se palpaba la tensión en el ambiente. Les habían aconsejado un modelo, pero la banda cogió el camino contrario. Días previos a la salida del disco, un 27 de septiembre de ese año, Araya sabedor de lo que se jugaban, se había encomendado a sus dioses chilenos... Solo necesitaban una señal: la última intervención divina de los Slayer...