A mucha gente le encantan este tipo de discos. Eses donde en sus portadas salen puños apretando cadenas y una luz que brilla sobre ellas. La manifestación más descarnada y directa del heavy más embrujado y maldito. Los tópicos del heavy metal engendrados en los setenta dentro de los calderos de las brujas mientras sus pócimas humeaban, estos nuevos siervos del mal se criaban mamando de las enseñanzas de los Black Sabbath, Pentagram, Saint Vitus o Candlemass. Hay algo en esta música que te atrapa, siempre te condena y te lleva sin remisión a su mundo retro y vintage. Al mismo que nos quieren llevar estos Castle con su Carrie Chains: el castillo maldito de Elizabeth Blackwell...
1. Fooled Again (04:33)
2. 3 Knocks (04:37)
3. Carry Chains (03:13)
4. Evil Nun (05:06)
5. Truckgrinder (04:53)
6. Orb Weaver (04:31)
7. Goat Vision (03:30)
8. Burn the Messenger (04:47)
Pruduced by: Jesse Gander
Hammerheart Records, 2026
Unos creen en estas historias y a otros no les parecen más que ganchos más o menos conseguidos de tratar de barnizar a esta música con el atractivo siempre infalible de conectar las guitarras de rock con el demonio y la brujería. Hay bandas, la mayoría, que solo lo usan como reclamo para dar una imagen misteriosa y terrorífica. Acordaros de los Venom, como todo su rollo demoníaco no era más que una pantalla de marketing muy bien hecha, que les funcionó y mucho, aunque, reconocido por ellos, y sintiéndolo mucho, todo no era más que una farsa. Lo que no era una mentira, eran los cañones de fuego y toda la pirotecnia que usaban (por cierto, bastante pionera para la época), que esa sí que te quemaba y lo hacía de verdad.
Con estos Castle estamos ante unos currantes del negocio, bueno, más bien, un hombre y una mujer, llamados Mat Davis y Elizabeth Blackwell, respectivamente, que llevan con esta historia más o menos desde el 2009. Para ser más exactos, desde dos mil once, que es cuando debutan con esta banda en su primer trabajo discográfico. En otra buena aproximación al viejo y ancestral sonido doom de marcado carácter ocultista que nació hace más de 50 años en algún paraje olvidado de Sourth Oxfordshire (Inglaterra).
Como toda buena banda adoradora del mal que se precie, sus componentes, uno hace de mago supremo y, la otra parte, de bruja hechicera. Si uno conduce con su guitarra los riffs infernales, la otra parte se encarga de la parte lírica. La de hacer la conexión, de nexo entre este mundo y el de las sombras. Así marcan los cánones, y así debe de ser. En ese sentido, esta pareja musical (y matrimonial) lo hace realmente bien. En la simpleza de su música y en la forma en que la bruja Blackwell imprime sus voces, está realmente la llave maestra que hace triunfar este disco y le da ese toque de personalidad que rezuma dentro de los surcos de este Carrie Chains.
Ocho temas en 35 min se bastan para hacer un revival esotérico y maldito a la vieja usanza de duración perfecta para seguir honrando a los maestros del género. Venom, Motörhead, Mercyful Fate, Judas Priest, como destacados por el lado heavy metal y, por el otro, los mencionados padres del rollo doom primitivo. Los Black Sabbath como máximos inspiradores de toda esa historia. Y, por último, el ingrediente mágico, el toque que hace a este disco una escucha especial, algo de rock setentero psicodélico y fumeta.
Todo esto batido resulta un veneno aparentemente inofensivo. Un brebaje inocuo que hasta nos parecerá agradable en el sabor, pero que resultará letal una vez que lo hayamos probado en toda su mezcla. Acordaros que los mayores venenos no te matan al momento, sino que lo hacen lentamente, recorriendo vuestras venas, como las cadenas que arrastramos y que se representan en la portada del disco. Al final, todos somos personajes atrapados bajo fuerzas que no controlamos. De ahí muchos títulos de las canciones... Siempre hay como un yugo oculto que nos oprime y alguien que quiere romperlo o, por lo menos, avisarnos del peligro que corremos.
El disco tiene como un mensaje liberador. Se puede ver perfectamente en uno de los videoclips del álbum, seleccionado en la propia homónima para representarlo. Una mujer deambulando sola por las calles con su chupa de cuero y en la espalda el logo de los Judas Priest, esa especie de tridente del diablo que apareció por primera vez en 1976, en el disco Sad Wings of Destiny, y que los siguió acompañando en toda su historia.
Yo que no soy muy amigo de este sonido tan ancestral, este disco me ha perecido una obra muy interesante. En su aparente simpleza musical, muestra una gran cohesión, fortaleza y transmite un mensaje liberador y de esperanza. No solo se limita a reivindicar el manido mundo del esoterismo y la brujería, algo que ya ha sido muy bien cultivado desde hace muchos años por los maestros del género. Sino que tratan de imprimirle su sello o, por le menos, parece que quieren labrarse su camino.
Ellos se enorgullecen (también hay que citar al batería, Mike Cotton) de haber grabado estas ocho piezas en riguroso directo dentro del estudio, lo que le da siempre esa frescura e inmediatez en las canciones. Un truco viejo, pero infalible, que estos nativos de San Francisco (California) explotan al máximo y llevan a estas cadenas de Carrie a nuestros reproductores de nuevo.
Estamos ante una banda o, mejor dicho, una pareja de hechiceros que ya llevan con este trabajo siete full lengths desde principios de la década de dos mil diez, editados de manera casi ininterrumpida y que no parece que vayan a cejar en su empeño. Aquí hay tradición y gusto por esa música ancestral que nunca pasa de moda.
Al final, no sé si estos tipos hacen rituales satánicos, misas negras o beben sangre por copas de plata. Ni lo sé ni me importa, lo que si sé es que este Carrie Chains reproduce muy bien el serpenteante sonido denso y profundo de los brujos del doom...
7/10




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