Slayer durante 1994 parecía una banda muerta. Tom Araya, Kerry King y Jeff Hanneman estudiaban su siguiente paso con preocupación y dudas. Habían sido muy grandes en los 80, pero ahora su thrash metal morboso y furioso estaba en entredicho. Sin Dave Lombardo en sus filas, y con una espera de cuatro años tras su genial Seasons in the Abyss, no sabían cómo iban a recibir los fans a su nuevo miembro. Entre los despachos de su discográfica, American Recordings, se palpaba la tensión en el ambiente. Les habían aconsejado un modelo, pero la banda cogió el camino contrario. Días previos a la salida del disco, un 27 de septiembre de ese año, Araya sabedor de lo que se jugaban, se había encomendado a sus dioses chilenos... Solo necesitaban una señal: la última intervención divina de los Slayer...
Lo de Divine intervention no fue puesto por casualidad, en verdad, el grupo estaba encomendado a una superioridad divina que les diera el último empujón y les otorgara una nueva prórroga con su música. Los Slayer habían sido una de las bandas más grandes e influyentes dentro del metal extremo, pero ahora estaban en peligro. Sentían por primera vez que en sus manos no estaba su destino. Estaban a expensas de una señal del más allá, extraterrestre, satánica o un nuevo pacto diabólico. Dueños dentro de ese selecto club donde se meten a auténticas vacas sagradas como Venom, Celtic Frost, Death, Sodom o Possessed, por citar solo algunas, podríamos colocarlos, aunque a algunos solo les suenen como referentes en el thrash metal.
Su sonido de guitarras, sus solos caóticos, la batería innovadora y precisa del habanero Lombardo, junto con la voz particular de Araya, los habían convertido en un pozo inagotable de influencias para multitud de bandas que se iniciaban en la música extrema. Leí en alguna entrevista que era muy difícil escaparse de ese marca sonora que siempre imprimían en sus discos. Como un sello, un distintivo, un escudo de armas característico y particular que ha ido siempre en sus trabajos. Digo siempre, hasta que llegaron a 1994. La primera vez que se encontraban con dificultades. No solo por la marcha de Lombardo, que también, sino por el complejo y endiablado panorama musical noventero, una trampa donde las bandas clásicas de metal que habían sido tótems en los 80, ahora habían sido arrinconadas por otros sonidos que les plantaban cara y los desplazaban de la atención de discográficas y de público.
La banda estaba acojonada (en inglés se dice: terrified). Vamos, que se hacían caquita por los pantalones. Por un lado, la discográfica les insistía en hacer algo más comercial y acorde con los nuevos tiempos, poniéndoles de ejemplo lo que habían presentando sus otros compinches del dorado Big Four. Metallica con el Black Album había dado un giro total, algo parecido había hecho Dave Mustaine con sus Megadeth editando Countdown to Extiction, y, los locos de New York, Anthrax, abrazaban los modernos años 90 agarrándose al groove metal de la mano de su nuevo cantante, John Bush, grabando el rompedor Sound of White Noise. Por otro, eran plenamente conscientes de que era lo que de verdad funcionaba en las radios y en las televisiones, y no era precisamente la música de su último álbum Seasons in the Abyss.
No había más tiempo, ya habían pasado cuatro años de su último lanzamiento, y ahora era el turno de Slayer de mover ficha. Eran los últimos de los cuatro grandes que todavía no había mostrado su apuesta sonora para combatir los 90. Lo normal era rendirse ante la tentación de probar algo parecido a sus paisanos o, mandar todo al cuerno y seguir fieles a su sonido. Pero, quizás, había una tercera salida, seguir conservando su brutalidad pero modernizando algo su propuesta. Cualquiera de las tres opciones era jugárselo a una carta incierta. Al fin y al cabo hablamos de los Slayer, una gente con una marca, un sonido y un legado que defender aunque fuera a costa de vender su alma al diablo.
El caso es que esta gente como tiene fanáticos, también tiene haters, gente que no los puede ni ver, además siempre planea sobre ellos el rollo nazi, que ya es el éxtasis absoluto de sus detractores más eficaces. A los que no les suele gustar el mundo extremo, les achacan que suenan muy repetitivos y planos, que sus guitarras parecen siempre iguales. No lo discuto, es su fórmula y la llevan hasta el final. Consiguieron hacerse un sonido y lo explotan al máximo. Quizás no son una banda para todo el mundo. Pero, como decía un buen colega mío: "Slayer estuvo en el sitio oportuno en el momento justo, y, con la ayuda de Rick Rubin, su gurú como productor y un poquito de suerte, consiguieron su entronización definitiva..."
| Slayer en 1994 |
Al final, la banda confió su suerte a una cuestión de datos y estadísticas. Si bien la mayoría de sus fans se sumaron a su historia en los 80, a principios/mediados de los 90 muchos chavales cumplían 15, 16 o 17 años, y estos podían ser un buen caladero donde las huestes slayeranas captaran más adeptos. La jugada podía funcionar, mantener a los seguidores clásicos y renovar sus tropas con sangre nueva y joven. La cuestión estaba más estudiada de lo que pensamos. Esos chavales habían nacido con el groove, estaban más habituados y podían acercarse a Slayer si estos sabían cocinar todo en la receta perfecta.
"Sex, Murder Art", "Fictional Realty" y "Dittohead", pero sobre todo esta última, ofrecían la misma violencia que tenían en el pasado, además haciéndolo con una velocidad de supercrucero (temas muy cortos, entre los tres no pasaban de los 8 min, como hacían en la época Reing in Blood). Puro ataque sin contemplaciones que no te daba tiempo a pensar nada. Los Slayer se presentaban sin especulaciones ni jueguecitos, incluso más sádicos y enfermizos que en el pasado. Violencia en las guitarras, mezcladas con letras sobre sexo televisivo y asesinos en serie. Los serial killers que tanto les gustaban tratar en sus letras y sus contiendas bélicas de la 2º Guerra Mundial que nunca podían faltar en un disco de Slayer.
Como veis, Slayer lejos de acomodarse o suavizarse, todavía llevaron más allá su sanguinario y perverso universo. El intervalo más grande que habían tenido entre álbumes, no sirvió para domesticarlos ni para civilizarlos, si alguien tenía ese temor, quedó claro que Araya y sus secuaces, King y Hanneman, seguían siendo una pandilla de perversos y enfermizos músicos. Expertos en mantener la calma en medio de sus fechorías...
Divine Intervention duraba poco más de 36 min y se posicionaba como el tercer álbum más corto de su discografía (después del Reign in Blood, que este se lleva la palma con 28 min, y en segunda posición quedaba Show no Mercy, su debut) que hacía su contestación a todo el grunge venido de Seattle, a las obras de sus compañeros del Big Four, y a la oferta de la discográfica que les había pedido que reconsideraran su propuesta.
| Paul Bostaph con su batería |
En definitiva, Slayer seguía siendo Slayer. Apenas habían hecho la más mínima concesión para el mainstream. Su contrato firmado en 1983 como exponentes eternos del thrash metal no se había modificado un milímetro. De hecho, este, su sexto elepé, los colocaba como los únicos de las cuatro mayores bandas del thrash metal norteamericano que todavía seguían siendo fieles al estilo. Si los Metallica, Megadeth y Anthrax habían conseguido más éxito, había sido a cambio de realizar privilegios y licencias sobre su sonido. Los de Huntington Park, lo habían hecho, pero siendo ellos mismos. Algo que afianzó la fortaleza de su música y la fidelidad de los fans que los premiaron con el octavo puesto en el Billboard (la posición más alta conseguida por la banda hasta la fecha) y con la consecución del disco de oro en los States.
Este tipo de éxito me sigue pareciendo una jugada realmente increíble. Toda una intervención divina, que tuvo un claro protagonista. Alguien que todavía no ha salido en el reportaje, y que, con su entrada, supuso uno de los revulsivos del disco y el responsable de por qué tiene ese ataque tan feroz. La respuesta está en la entrada con la batería que aparece en la primera pista, "Killing Fields", es ya una de las intros de batería más icónicas del thrash metal. Un alarde de precisión, técnica, contundencia, estabilidad y potencia tras los parches que parecía estar solo reservado para el cubano Dave Lombardo.
Ese comienzo marcó todo el disco y lo llevó a triunfar. En tan solo 10 segundos Slayer dejó claro quienes eran. Su afinación en D y sus diabólicos acordes en tresillos hicieron el resto. Tema arrasador de apertura que iniciaba una cara A un poco más groove y moderna, para despejar cualquier duda en la banda con la segunda face mucho más clásica y reconocible. Tanto la de "Circle of Beliefs" como la de "SS-3" (parece el nombre de un submarino alemán) o la siniestra y terrorífica "213", en un claro guiño a esa oda a la morbosidad llamada "Spill the Blood" que cerraba su disco de "El Sur del Cielo" de 1988, redondeaban un elepé totalmente Slayer. Ya solo quedaba la de "Mind Control" para cerrar este nuevo aquelarre a los pensamientos y pesadillas más truculentas y macabras de Araya y sus muchachos.
| Edición casete Indonesia, Divine Intervention, 1994 |
7.7/10
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